Otra forma de existir

Cada minuto de cada tarde de cada día, desde que se inventó el tiempo, Dios bajaba del cielo para pasear en la tierra y ser coronado con la maravilla de su creación. Contemplaba los vegetales, miraba a las frutas maduras sancionar el suelo al caer, toda su flora junto con su variada fauna se elevaba en todo su orgullo. Veía a los humanos apoyarse en su aprender, danzar y construir. Escuchaba sus pláticas en todos sus idiomas y sentía admiración. Entre esas tardes se dio cuenta poco a poco de la indiferencia de algunos humanos a su presencia. Se había hecho muy común su paso, era cotidiano su andar, tanto que no causaba impresión ni reverencia.
Un día, entre los días, Dios miraba como los humanos no daban cuenta de todo lo que existía en su mundo, es decir de su existencia. Estaban prados, bosques y mares completamente abandonados. Transitaba por grandes espacios olvidados, lugares bellos en penumbras, que como a él también lo habían ignorado. A Dios lo habían dejado a un lado por rutina y a los lugares los habían ignorado por no querer ver más allá de su hogar.

Reflexionó acerca de lo importante que era que el humano explorara todo lo que había en la existencia, en lo vital del aprendizaje de todo lo que se hallaba y de lo que les rodeaba. Desarrolló una estrategia para que el ser humano mirara lo desdeñado, recordará y poblara los lugares olvidados en la existencia, pues de lo contrario podrían desaparecer, tornarse insignificantes y con el tiempo no volver nunca más.

Cuando la noche besaba las pupilas de mujeres y hombres, Dios ya tenía un plan perfectamente trazado. De un contenedor de la creación sacó un poco de materia solar, la colocó en los rayos del astro que se dirigían con horrorosa velocidad a las casas de los hombres, incendiando sus asentamientos. Creyendo que con esto los orillaría a buscar otros lugares. Corrió el fuego por doquier, las llamas convocaron a grandes lenguas de fuego a un festín en esas casas ardientes, los humanos en su afán de quedarse ahí, en sus aldeas, las que habían escogido, corrieron por agua durante cansadas horas y calmaron la visita del fuego, construyeron día y noche hasta que restablecieron sus hogares y usaron ese fuego para iluminar y cocinar sus alimentos. No volverían a pasar una noche más en tinieblas, no regresarían a comer crudo.

Comprendió que había fallado. Dios regresó a crear más opciones para cumplir su objetivo. No consideraba darse por vencido, él deseaba que el humano se volviera conocedor de toda la existencia.
Al llegar el otro día, ya tenía un plan nuevo y está vez estaba seguro de su triunfo. Del espacio tomo polvo para bajar y sembrarlo en la tierra de los lugares olvidados, de ese polvo nacieron flores brillantes y el suelo flotaba. El movimiento de la flores al crecer cosquilleaban las raíces de los arboles. Se habían vuelto excepcionales, esas tierras se distinguían con peculiar maestría en belleza de entre los otros lugares profanados por el sedentarismo del hombre. Quería atraer a los humanos con la beldad mística.

Esperó durante días que los humanos se asombraran por la hermosura de los lugares y buscaran hogar en ese esplendor. Le preocupaba el momento en que llegaran a contender por sus tierras, sólo le quedaba desear que funcionara su plan, pero hundidos en sus tareas cotidianas nunca voltearon a ver las maravillas ofrecidas por Dios. Una vez más había fallado. Sabía que no podía hacer nada contra el libre albedrio, pues había sido un regalo de él para sus hijos, así que seguiría intentado atraerlos a esos lugares de mil formas, mandándoles mil caminos para llegar ahí.

Tenía que apresurarse antes de que los lugares magníficos desaparecieran. Para que no se perdieran en el olvido, nuestro señor tomó otro sol de su galaxia favorita, uno pequeño, pero el más hermoso, estaba lleno de fisuras y cráteres, estaba hecho de fuego plata. Lo colocó en un ángulo que inventó para que los lugares olvidados se unieran en un punto. Esa pequeña luz le servía al creador para saber ubicar en la existencia el punto exacto donde se encontraban los lugares relegados, por si se perdían en el tiempo. Pensó que quizá si los humanos veían a los lejos al pequeño sol se preguntarían de la procedencia de aquel brillo. ¿Por qué brillaba en la noche y en el día se ocultaba?

Platicó con sus hijos para preguntarles acerca de su sentir y pensar sobre aquel pequeño sol. El ser humano sólo se maravillo por su hermosura y lo llamaron Luna. Se dedicaron a cantarle y a escribirle pero nunca a seguir su verdadera procedencia.

Pasó tiempo, mucho más tiempo y Dios creó un largo camino de agua para que los humanos navegaran por él; pero como éstos tenían miedo de llegar más allá nunca continuaban hasta su fin. Con el paso de este tiempo los lugares escondidos se perdieron del mundo humano por lo que Dios creó guardianes luminosos para cuidar de esa tierra.

Un amanecer después de muchos, el creador observó que el primer humano se hallaba cansado y desmotivado, así que bajó a hablar con él. Se quejaba de que siempre se repetía todo y nada tenía sentido. Dios decidió platicarle sobre los lugares perdidos para enseguida preguntarle si quería acompañarlo y que conociera otras experiencias; emocionado tomó algunas de sus pertenencias para llevarlas consigo. Dios lo detuvo y le dijo: Lo único que vas a necesitar es tu espíritu, ni tus cosas ni tu cuerpo pueden viajar ahí porque ya no es un lugar material, es un lugar sagrado. No lo entendió al principio pero después de mucho meditar aceptó acompañar a Dios.
Dios besó su frente y aspiró su alma con una inhalación de paz, el cuerpo del hombre se quedó inerte y frio esperando a que su alma regresara. Fue un viaje largo por el camino de agua que había colocado Dios hacía muchos años.

El aire liberaba a cada ráfaga el sonido de las estrellas, la luz llovía desde la luna y se podía conmover a las rocas. El primer hombre sintió que el amor conjuraba en su alma un mensaje de libertad, escuchaba como lo llamaban desde las profundidades de las flores, cada tallo de las plantas era una puerta a una nueva forma de existencia. Miró a Dios para pedir que lo dejara quedarse en ese lugar. Nuestro señor se alegró tanto que le dijo que podía pedirle lo que quisiera. Aquel espíritu deseaba compartir esa sensación con sus amados y le suplicó que los trajera, pero Dios le explicó que no podía trasladar a todos porque las almas no se hallaban preparadas para el lugar místico de la existencia.

Mandó a sus guardianes dorados a buscar a las almas preparadas para el viaje por petición del primer hombre. Llegaron hasta sus cuerpos y aspiraron sus almas; las llevaron a esos lugares. Los que se quedaron no podían creer que después de varios días no se movieran los cuerpos de algunos de sus amados. Hirieron sus ojos con lágrimas envenenadas por el dolor, sabían que su viaje no los traería de vuelta. Con fuertes suplicas llamaron a Dios y lo encontraron en su alma, allí donde también se encontraba el dolor y los sentimientos más penetrantes que habían creado. Dios les hablo y los consoló diciéndoles que un día se reunirían con ellos en un hermoso lugar.

Muerte, ese fue el nombre que le dieron a ese perdido lugar de la existencia, lo llamaron así en honor a la vida eterna que se acababa para conocer otra forma de existir. Supieron que la vida era todo lo que tomabas de la existencia y la muerte era todo aquello que negabas de la vida.

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Los habitantes de la luz.

Dicen que existen muchas dimensiones. Una de ellas es la dimensión de la luz. En ella están sus habitantes, los habitantes de la luz. Ellos están hechos de sombra y carecen de forma, se adaptan a nosotros porque estudian nuestro mundo, quieren descubrir nuestra vida, la vida de los animales, de los seres vivos, la presencia de las cosas. Se plantan ante nosotros como sabios estudiantes de nuestro contorno y nuestro contenido, lo imitan; nos investigan. Pero aunque han caminado durante millones de años desde que la luz nació, no han podido entender a la perfección nuestro mundo. Por esta causa algunos piensan que somos sólo alucinaciones proyectadas en la mente de su mundo, alucinaciones provenientes de otra dimensión imaginaria.

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Algo más sobre las lágrimas.

Un día de los tiempos pasados, la lluvia decidió dejar al Agua, cada gota de lluvia abandonó aquel vital líquido; lo dejó para involucrarse con el fuego, sí, aquél de tus ojos. Cada gota traicionó la precipitación personal líquida, dejó atrás la gracia libertina del Agua. Ella, herida, arañó la tierra profundamente y nacieron los ríos, golpeó abismalmente el suelo y aparecieron los cenotes, el dolor era tanto que no dudaron en venir al mundo los mares. Aún con todo ese dolor la lluvia se negó a seguir materializándose en Agua. Y me pregunto yo ¿Cómo se alojó en tus ojos, primer hombre? Y sin hallar respuesta pienso cómo en aquellos tiempos ancestrales buscó las cuencas donde se hallaban tus altas esferas sagradas. Lo verdadero era que el Agua estaba celosa, no le bastó con herir la tierra y atacó a tus ojos para encontrar a la lluvia. Por piedad y amor a ellos la lluvia regresó al agua resbalando por tus mejillas. Así volvió a llover agua hasta por los ojos de los hombres por herencia tuya.  Lo siento primer hombre, la lluvia te eligió para amarte y el agua para herirte.

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The beauty of the rain by Leonid Afremov

La princesa que vivía en un vaso de agua

Decían que vivía una princesa en un vaso de agua. Vivía en tiempos pasados. Una vez, también en tiempos pasados, una anciana intentó beber ese vaso con agua, pero la protectora de la princesa la atacó y no la dejó beberlo. He aquí que les he de contar su historia. Hace unos cientos de años vivió una Reina que estaba embarazada por segunda vez, ella lo sabía pero en su vientre no se notaba. El Rey la llevó con un hombre sabio para que la aconsejara. Él le advirtió que la princesa nacería muy pequeña y que a la hora del parto tendría que buscarle un lugar seguro que le permitiera cuidarla. Estaba a punto de nacer y su madre no sabía dónde colocarla hasta que halló un vaso de cristal y ahí nació. Era tan pequeña que apenas se distinguían sus contornos. Su madre la conservó ahí. Vinieron más hijos y todos nacieron de buen tamaño y color. Poco a mucho, todos se fueron olvidando de la princesa en el vaso y hasta la princesa se olvidó de ella misma también.

 Una tarde su hermana la más grande, encontró el vaso, lo llenó de agua y vio que se formaba una pequeña burbuja en el fondo. La princesa se acordó de ella misma y pensó en que tenía que salvarse, así que infló una burbuja y se quedó ahí. La hermana la observó y se sintió culpable, prometió que la defendería siempre. Nunca se separó del vaso y tampoco contó a nadie su descubrimiento. Muchas personas por casualidad intentaban tomar de aquel vaso con agua pero su guardiana hermana nunca lo permitió.  Tenía miedo de que alguien quisiera beber el agua dulce de aquel vaso. Se encariñó con su hermanita la princesa. Alguno de esos días La Bruja, Del Lugar,  intento quitarle el vaso con la pequeña, para hacer uno de sus negros conjuros,  pero su guardiana hermana la atacó y no la dejó. Aquella por venganza utilizó su magia para condenarla a tomarse el agua con su hermanita adentro. Ese día la guardiana hermana juró que jamás tomaría ningún liquido. Pasaron días y ni un vaso; semanas y ni dos gotas; meses y no se atrevió a tomar ni una gota de líquido. Enfermó gravemente y todos los curanderos le rogaban para que aceptara pociones. Así que una noche en la locura de su enfermedad le aceptó una poción al brujo amigo de su madre y en menos de tres días nada quedaba ya de la enfermedad. Pero quedaba todo de la tristeza al enterarse que la poción se había preparado con el vaso de agua tan preciado. También quedó mucho rencor y se casó con él, y de él engendró muchos males que hicieron que se olvidara de su pequeña hermana, que sin saberlo habitaba en sus pulmones tratando de respirar. Uno de esos males era el egoísmo que un día encontró a la princesita alojada en los pulmones tratando de pescar aire. Entonces quiso hacerle daño pero la princesa con todo el aire que había pescado construyó un suspiro enorme que la llevó a navegar por todo el cuerpo de su hermana, esta supo de inmediato que la princesita vivía en ella y la ayudó a vencer todos sus males. Rápidamente la comenzó a proveer de oxigeno para que construyera más suspiros y asesinaran a todos los males que había engendrado con el rencor y después de mucho luchar, ambas se sintieron muy satisfechas y felices. La hermana guardiana pensó en cantarle canciones de amor puro para que siguiera suspirando y no dejarla morir. Su madre escuchó aquellas canciones y recordó a aquella parte de su ser que había llevado a la luz un día y que por miedo a hacerle daño guardó en un vaso para después en la oscuridad,olvidarla. Se unió a cantar con su hija y juntas la trajeron de nuevo a la luz, igual de pequeña, pero está vez en lugar de colocarla en un sitio sombrío le construyeron en su corazón un lecho de confianza con el que la princesa supo defender siempre su paso por el mundo. Así fue como aprendieron que en lo sutil habitaba la esencia misma de lo infinito.

La perla perdida del mar

Cuentos cortos para ir leyendo

Cuando el mar rojo era del color de su segundo nombre, también lo eran cada objeto y criatur a que habitaban en él. Peces rojos, tiburones rojos, arrecifes rojos, y perlas rojas. Por su condición el mar se encontraba separado de sus mares hermanos. Un día, al ver su situación, bajó Dios y le dijo: No serás más de color rojo, ni tus peces, ni tus arrecifes serán rojos otra vez. El mar se levantó en marea roja llorándole a Dios, diciéndole que aceptaba su decisión pero que no quería olvidar que alguna vez fue de color rojo. Dios se conmovió, así que cuando terminó de cambiarle el color al mar, resolvió darle un regalo; tomó una perla entre todas las perlas y la colocó en el cielo para que guiara artistas, caminos, viajeros y enamorados. Le dio su bendición: Sí antes fuiste roja ahora eres de plata, cuando el tiempo te…

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El árbol que quería ser hombre.

Hubo una vez una hechicera que tenía la capacidad de comunicarse con los árboles. Una mañana encontró que uno entre todos quería ser hombre. Derramaba savia de tristeza y tiraba hojas de desesperación. La hechicera entristeció y con su magia natural le dio pies de raíz y orientación para que fuera a buscar al vientre de la tierra todo lo necesario para que ella lo convirtiera en hombre. La tierra tembló bajo sus pies y el árbol salió de ella; corrió y corrió y fue por debajo de la copa de sus hermanos y fue por encima del musgo verde, para llegar después de un largo viaje al vientre de la tierra.

Tibio, suave, silencioso. Te observa. El árbol se sintió nervioso. El vientre sabía que él venía de parte de la hechicera y lo dejó entrar. Se sumergió en aquel lugar y buscó piezas humanas. Tomó dos pies con sus dedos. Dos manos con sus uñas. Un sexo. Todos los órganos y una cabeza. Olvidaba el cerebro. Tomó el más grande entre todos y salió corriendo con más velocidad que antes hasta llegar con la hechicera que lo esperaba para mañana. Ella comprendió su desesperación y al llegar la luna al cielo, abrió con sus dedos la madera del tronco para colocar carne humana. Tomó las raíces y colocó los pies. Hizo lo mismo con cada pieza de hombre que el árbol le trajo. Pero al llegar a los ojos no encontró, entre lo que le trajo, las lágrimas. El árbol le explicó que salió tan deprisa que olvidó tomarlas, pero que además no consideró que fueran importantes. La hechicera no dijo palabra. Del árbol ya no quedaba nada. El nuevo hombre respiró el aliento de la humanidad y abrió su mente para apropiarse de los colores y de los aromas. Del lenguaje y de los sentimientos. Pasaron muchos días y pocas noches y luego pocos días y muchas noches. Mucha melancolía pasó también. El árbol comenzó a extrañar el tibio clima de la tierra profunda. El lenguaje de las hojas de los árboles, que hablaban cuando el viento les rozaba el haz y las nervaduras. Se sentía solo. Se sentía muy triste pero no podía llorar porque había olvidado sus lágrimas en el vientre de la tierra.

Regresó a buscar a la hechicera y le pidió que lo regresara a su forma original, pero la hechicera le dijo que ella no podía abusar de los poderes que le había concedido la naturaleza. Un árbol hecho hombre que fue tomado por la desesperación. Pensando se le ocurrió que podría ir al vientre de la tierra a buscar partes de árboles e intentar regresar a la madera. Le tomó muchos días llegar a su destino. Acarició el vientre y en voz suplicante le pidió que lo dejara entrar. El vientre de la tierra recordó quien era y tibio y silencioso como era, le abrió un lugar y entró. Buscó por debajo y por los lados piezas de árboles pero no tenía la fuerza para tomarlas. Su humanidad se llenó de desolación y profunda tristeza pero antes de rendirse vio en un pozo litros y litros de lágrimas, lágrimas que había olvidado. Hizo un cuenco con sus manos y se las colocó en los ojos. De inmediato como si no existiera la paciencia, comenzó a llorar, como expulsando todo lo que había visto y conocido, expulsó su leguaje humano y la tristeza humana, arrojó el pensamiento del hombre, todo corría hacía el exterior. Todas sus lágrimas se juntaron a sus pies y en un brote de fertilidad volvió a ser árbol. Un humano, semilla de la naturaleza. El vientre de la tierra llevó a la luz a un gran y nuevo árbol.

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La luz habla cuando las campanas repican.

El sonido de las campanas es la voz de la luz. Cuando la luz se cansa de ser la más veloz; toma un descanso y usa el altavoz. De ella es el poder de la congregación, pero ellas no llaman a los zapatos, ni a los vehículos, a los ojos ni a los oídos. Ellas llaman a los que están y a los que ya se han ido. Con fervor desean reunir a los espíritus; les grita desde sus torres de piedra y cuando susurran y agoniza su sonido, no pienses que te han dejado en el olvido. ¿Para qué quiere una campana hablar con los muertos? ¿Para qué quieren susurrarles a los vivos? ¿Qué historias encierra su copa de vino? que con su oro embriaga los oídos. La luz habla cuando repican las campanas; su concha dorada es su mejor amiga, a nosotros nos canta y a los muertos levanta. Si un día necesitarás charlar con tus seres más queridos, con tu perro ya muerto o con artistas encerrados en libros, entonces deja que la voz de la luz te llene de dulzura y así descubrirás que no hay mejor bálsamo para el alma, que el que te hable de ganas una escandalosa campana.

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Para los que usamos anteojos.

La luz toca las cosas, los rostros, los pelajes, cualquier textura y color. Se revela la naturaleza ante nosotros que necesitamos claridad para distinguir. Dicen por ahí: ver para creer. ¿Y los ojos que ven pero no distinguen? ¿Sienten a medias, creen a medias? Los contornos, la finitud de las formas para mis ojos no existen. Los límites se pintan en el momento en que coloco mi armazón sobre mis orejas y las almohadillas de ellos sobre mi nariz. La creación de los anteojos es la búsqueda de la verdad para un mundo que necesita comprobarse a cada instante, a cada paso.  Verdad que es como el blanco en la pintura; revela tonos claros que transmiten tranquilidad.

Los colores se mueven desbordantes, te gritan entre el humo que  necesitan ser apresados, y con aquella red de vidrio se construye una muralla que marca territorio. ¡Por fin! ojos, bocas, gestos y sonrisas a lo lejos se dibujan con la desvergüenza de una almeja que nos muestra una perla en su interior.  Y es que a veces,  sin aquel artefacto parecería que se libra una guerra en medio de una tormenta de arena; los ojos se cierran a manera de puños como si quisieran atrapar las imágenes para distinguirlas y entonces atrapan arena que a más de 1 500 °C se funde para confeccionar un material orgánico tranparente que conquista la batalla de distinguir formas a la fuerza.

Existen países y paredes y con ellos la necesidad de marcar limites para entender el crisol de realidades de este mundo. Se descubrió el fuego y la forma de conservarlo para descubrirnos de noche, con ello las velas y los focos. El temor a la oscuridad, la muerte del sol que revive con la luz y con ello regresa el albor a los ojos que se filtra por nuestros vidrios amigos y nos dejan caminar con paso firme como siglos atrás lo hizo Bacon, Benjamin Franklin o cualquier otra persona que no ha podido vivir sin distinguir a los lejos o de cerca una forma familiar que nos reciba en su saludo.

Así es, la historia de los anteojos es la historia de la lucha contra el miedo, y la batalla librada con la verdad.

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Volar para escribir.

Dedicado a César Luna G. Nunca dejes de volar.
Dos centavos es lo que cobra un pterodactilo de la ruta dos por dejarme en frente de mi casa. Una seña y le hice la parada. Indiqué la dirección exacta. Silencio. -¡Cómo me encantaría poder escribir novelas pero me es físicamente imposible! – dijo el pterodactilo- Si usted pudiera pedir un deseo, ¿qué pediría? Sin pensarlo afirmé: Volar, me gustaría volar. -Entiendo, también le es físicamente imposible. Enseguida respondí: Escribir es lo más cercano que tengo a volar. A lo que él me dijo: Volar es lo más cercano que yo tengo a escribir, por eso amo este trabajo.
– Yo pienso lo mismo- le dije emocionado- amo escribir, a cada párrafo doy un aleteo, a cada hoja visualizo un paisaje nuevo y por historia he conocido maravillosos destinos.
– Después de todo, joven, no somos tan distintos. El pterodactilo aterrizó. – Hemos llegado, buen día. -Buen viaje respondí.

Los pterodactilos se extinguieron volando, sería maravilloso extinguir nuestras vidas haciendo lo mismo.

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